jueves 24 de marzo de 2011

OBSERVANDO A LOS NIÑO/AS!!!


Esto dice Heráclito:
"El tiempo es un niño
que mueve los fichas en un juego;
el poder de los reyes lo tienen los niños."

Cada niño es un rey.
Observa a los niños —cada uno es un rey, un emperador—.

Observa su movimiento: aunque el niño vaya desnudo, ningún emperador puede competir con él.

¿Por qué son tan hermosos los niños?

Todos los niños son bellos, sin excepción.

¿En qué radica la belleza de un niño?


En que no está contaminado todavía por la mente, la cual solo busca propósito, significado y metas. El niño se limita a jugar y no se preocupa por lo que pueda traer el día siguiente.
Un pequeño llegó a casa y encontró a su madre furiosa.


-"¡Me han dicho los niños del vecindario que le lanzaste barro a la boca a una niña y que estuviste castigado fuera del salón todo el día!".

"Sí", dijo el niño.

Horrorizada, la madre preguntó:

"¿Por qué le lanzaste el barro?".

El niño se encogió de hombros y dijo:

"Es que tenía la boca abierta".


La razón es irrelevante. Es suficiente que hubiera tenido el barro en la mano y que la niña hubiera tenido la boca abierta.
¿Qué otra cosa podría haber hecho?

Sencillamente sucedió.
Pedimos razones, pero el porqué es irrelevante para un niño.
¡Las cosas simplemente suceden!

La boca estaba abierta y él tenía el barro en la mano.
Realmente no hizo nada. El castigo es impropio porque él no hizo nada —las cosas sencillamente sucedieron así—.
Fue una coincidencia que la niña estuviera allí con la boca abierta. No quiso hacer nada en particular, ni provocar un daño, ni ofender. Sencillamente, acogió la oportunidad y la disfrutó.
Pero nosotros preguntamos el porqué.

Hay un abismo entre los niños y los adultos; son dos polos distintos. El niño no comprende lo que dicen los adultos porque vive en una dimensión totalmente diferente —la dimensión del juego.

Los adultos no comprenden lo que hacen los niños porque los adultos son serios, hablan de negocios, de razones y de causas. Adultos y niños no pueden converger, no pueden comprenderse, a menos que el adulto vuelva a ser niño.


Solo un santo, un verdadero sabio, comprende al niño, porque él también es niño.
Entiende.
OSHO